|

¡Sujétame el cubata!

Cuando el alcohol no te quita el volante de las manos, pero sí te quita la cabeza

Hay una imagen muy instalada en el imaginario colectivo cuando hablamos de alcohol al volante: el conductor que zigzaguea, que arrastra el coche entre carriles, que va lento cuando debería ir rápido. Ese perfil existe, y es peligroso. Pero hay otro perfil que circula cada fin de semana sin que casi nadie lo nombre: el que «controla».

El que dice que con dos copas no le pasa nada.

Y tiene razón en algo: no le pasa eso. No da bandazos. No pierde velocidad de reacción de forma tan visible. Pero le pasa algo distinto, y en determinados contextos resulta igual de letal.

El alcohol no solo adormece. También enciende.

Desde la criminología aplicada a la seguridad vial, el alcohol etílico produce efectos bien documentados que van mucho más allá de la sedación motora. A concentraciones bajas o moderadas —las que corresponden a esa «copa de más que no se nota demasiado»— el sistema nervioso central experimenta una desinhibición progresiva que afecta directamente a los mecanismos de regulación emocional.

Dicho en términos más llanos: el freno interno se afloja.

Y cuando ese freno se afloja al volante, no ocurre que el conductor se vuelva más tranquilo. Ocurre lo contrario. La corteza prefrontal —responsable del juicio, la anticipación de consecuencias y el control de impulsos— empieza a ceder terreno a las estructuras más primitivas del cerebro. El resultado es una persona técnicamente capaz de conducir, pero emocionalmente mucho más frágil frente a la frustración, la percepción de amenaza y la rivalidad territorial.

La carretera, en ese estado, se convierte en un espacio de afrentas personales.

«La corteza prefrontal empieza a ceder terreno. La carretera se convierte en un espacio de afrentas personales.»

El «sujétame el cubata» como fenómeno criminológico

Existe un punto concreto en la curva de intoxicación etílica —variable según el individuo, su masa corporal, si ha comido, su tolerancia— en el que el conductor no está incapacitado para manejar el vehículo, pero sí está incapacitado para gestionar lo que siente.

Ese punto tiene un nombre coloquial perfecto: sujétame el cubata que voy.

Es el momento en que una incorporación que «no te dejó pasar» deja de ser un hecho de tráfico y se convierte en una humillación personal. En que un adelantamiento que no «te parece correcto» activa una respuesta de defensa del territorio. En que el pitido de otro conductor —que objetivamente puede ser cualquier cosa— se procesa como un ataque directo.

La ira al volante —conocida en la literatura anglosajona como road rage— tiene su propia etiología criminológica. Los estudios sobre agresividad vial identifican variables como el anonimato percibido dentro del vehículo, la sensación de poder asociada a la máquina, y los códigos de competitividad territorial implícitos en la circulación. Estas dinámicas, que analizamos en profundidad en otro artículo, explican por qué el volante activa mecanismos que en cualquier otro contexto permanecerían latentes. Pero cuando a eso se le añade alcohol, el umbral de activación de la respuesta agresiva cae de forma significativa y la intensidad de esa respuesta escala de manera desproporcionada.

No es que el alcohol «saque lo peor» de alguien. Es que suprime los mecanismos que normalmente regulan lo que ya estaba ahí.

Somnolencia e irascibilidad: dos caras del mismo riesgo

Con frecuencia, cuando se habla de los efectos del alcohol más allá de la coordinación motora, se menciona la somnolencia. Es cierto: la misma desinhibición que puede activar la agresividad en contextos de frustración puede derivar en sedación cuando el entorno es monótono —una autovía nocturna, un trayecto largo y familiar—. Son efectos que coexisten, con predominancia diferente según el contexto y el individuo.

Pero la somnolencia tiene algo que la hace visible: el vehículo se desvía, el conductor cabecea. La irascibilidad etílica es más discreta hasta que no lo es en absoluto.

Un conductor bajo los efectos moderados del alcohol que protagoniza un incidente de agresividad vial —un frenado brusco deliberado, una persecución, una confrontación en un semáforo— no siempre es identificado como conductor bajo la influencia del alcohol. No «parece» borracho en el sentido clásico. Ha superado, incluso, los controles de alcoholemia que marcan el límite legal. Eso no significa que su gestión emocional esté intacta.

«La irascibilidad etílica es más discreta hasta que no lo es en absoluto.»

Prevención que no mira para otro lado

El discurso preventivo sobre alcohol y conducción lleva décadas centrado, con toda la razón, en el perfil de la intoxicación grave. Pero hay una franja de riesgo que se beneficia de mucha menos visibilidad: la del conductor que «controla», que no da el perfil, y que sin embargo lleva el alcohol justo en el punto donde la frustración vial se convierte en una mecha muy corta. Identificar ese perfil de riesgo es parte del trabajo criminológico que aplicamos al análisis de carreteras y entornos viales: el peligro real no siempre está donde los datos convencionales lo sitúan.

La prevención eficaz en este ámbito pasa por algo más que recordar los límites legales. Pasa por comunicar que el alcohol afecta antes a la emoción que a la motricidad. Que el peligro no siempre es el que zigzaguea. Que «no estar borracho» y «estar en condiciones óptimas de conducción emocional» no son la misma cosa.

Y pasa, sobre todo, por interiorizar que en la carretera, cuando el cubata ya está dentro, lo más inteligente es no ser quien lo sujeta.

Compártelo:

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *